Dime qué temes, y te diré que compras

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Por Econ. Adriana Bock

Recuerdo que cuando era niña, admiraba profundamente a una de mis tías. Recibir su visita en mi casa me llenaba de alegría y me inspiraba ganas de crecer, para que cuando grande pudiera ser como ella.

Esta tía siempre vestía a la moda, cuidaba de pies a cabeza cada detalle de su apariencia, y por ello recibía constantes elogios de la gente a su alrededor.

Un día le pregunté con una mezcla de curiosidad y asombro: tía, ¿vos porque estás siempre tan linda?, pero su respuesta no solo me desconcertó, sino que además hizo que repentinamente mi admiración se transformara un poco en compasión: “es que si no, tu tío va a mirar para otro lado”.

Confieso que lo que me dijo me dejó un poquito en shock. Yo creía que ella disfrutaba arreglándose y luciendo siempre bella, ¡pero de ninguna manera me imaginaba cuanto temor se escondía detrás de todo ese glamour! De repente mis ganas de crecer se convirtieron en miedo… ¿para qué crecer, si ser adulta traía consigo la amenaza del abandono, ni bien algún descuido me hiciese lucir “imperfecta”?

Si bien la interpretación, que en ese momento di a las palabras de mi tía, tenía todo que ver con mi perspectiva infantil, hasta ahora me cuestiono la frecuencia con que muchas mujeres viven enganchadas al temor de que su apariencia, de no ser perfecta, les cueste el deterioro de sus relaciones de pareja o el fracaso profesional. Sobre todo me cuestiono, ¿cuánta plata cuesta esa aspiración de lucir una imagen siempre deslumbrante?

Aclaro que creo que el cuidado de la apariencia personal está directamente relacionado con la autoestima, y reconozco que sin lugar a dudas la misma juega un papel muy importante en la identidad personal y en la imagen profesional. De hecho, vivimos en una era visual, en la que vernos bien es necesario para transmitir confianza, comunicar profesionalismo y lucir atractivos para el sexo opuesto. Sin embargo, así como ningún extremo es bueno, para casi nada en la vida, tampoco lo sería éste para tu bolsillo.

Vayamos a un ejemplo práctico:

Si tus ingresos suman 6.000.000 de guaraníes, pero resulta que gastás 1.000.000 al mes entre ropa, peluquería y cosméticos, quiere decir que cerca del 20% de tu dinero del mes lo estás utilizando para cuidar tu apariencia, cuando lo ideal es que no más del 10% del mismo lo destines a este tipo de gastos.

En el ejemplo mencionado, habría un 10% de  ingresos malgastados, que bien podrían destinarse al ahorro, ya sea para tener un colchón para emergencias o para cumplir una meta en el futuro. Por lo tanto, no estaría de más ajustar un poco los gastos en “belleza”, pero desde luego, sin eliminarlos. Lo importante es no caer en excesos, pues ellos tarde o temprano te pasan la factura.

Y hablando de excesos, es importante tener en cuenta que éstos generalmente provienen de emociones que no estamos pudiendo manejar, como el miedo, la ansiedad, la frustración o el enojo.

No olvides que la publicidad conoce muy bien como manipular dichas emociones para estimular las decisiones de compra de los consumidores, sobre todo para llevarlos a comprar impulsivamente.

Por tal motivo,  sería prudente que en adelante comiences a revisar las emociones que se esconden tras tus decisiones de consumo. Y, ante todo, que comiences a dedicarles la debida atención para recuperar el equilibrio.

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