Fantástica vida plástica

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Econ. Adriana Bock – abock@superarte.com.py 

 

2 a.m. de la mañana. Desde mi dormitorio escucho sollozos que vienen del dormitorio de mi hija menor. Me levanto a duras penas y voy a ver qué le pasa. Le encuentro con fiebre, dolor y mucho malestar. “Me duele la pancita y la cabeza mami”. Mi esposo está de viaje. Yo, entre el sueño y la desesperación, por unos segundos me pongo a pensar que hacer. Ya está, decido llevarle de urgencia al sanatorio.   

Una vez ahí, el pediatra examina a mi hija y pide unos estudios, además de prescribirle unas gotas para la fiebre y el dolor. Luego del laboratorio pasamos por la farmacia y de regreso, ya más tranquila, aprovecho para cargar algo de combustible para el día siguiente. 

Unas horas después me avisan que puedo pasar a retirar los resultados de los análisis. Se los llevo al médico, quien me informa que felizmente no es nada grave. No obstante, el trajín de la noche anterior me había costado cerca de 500 mil guaraníes, los cuales, por no contar con efectivo ni tener ganas de perder valiosos minutos pasando por un cajero electrónico, los pagué con mi tarjeta de crédito. 

Este fue uno de esos momentos en los que me sentí agradecida por contar con esta valiosa herramienta. Normalmente la uso para beneficiarme con descuentos en supermercados y estaciones de servicio, gastos que cancelo en su totalidad a fin de mes. También confieso, aunque sin culpas, que eventualmente financio algunos gustos que me doy, ¿acaso la vida no se trata también de disfrutar? ¿Y que sería del disfrute sin la independencia y la seguridad que te brinda contar con un medio de pago con capacidad de “responderte” casi ante cualquier situación? 

Es un poco por todo esto, que me considero “pro tarjetas”, y quizá también, lo admito, porque felizmente hasta ahora no me tocó vivir “en carne propia” casi ninguna mala experiencia con ellas, salvo algún que otro error administrativo del banco que logré solucionar poniendo a prueba mi paciencia, pues a veces se necesitan dosis extras cuando se trata de hacer reclamos. 

No obstante, conozco varias personas, por no decir muchas, quienes llegaron a sufrir daños, desde leves hasta severos, por no utilizar correctamente “el dinero plástico”. Y en esto vale la pena ser claros y muy sinceros: si no tenés cuidado podés hacerte mucho daño, tanto financiera como emocionalmente. 

Las tarjetas pueden generar una falsa ilusión de abundancia, prometiendo acceder a casi cualquier cosa que queramos en el momento que queramos, siendo el “complemento perfecto” para un estilo de vida consumista y hasta hedonista, que presiona e incluso transgrede los límites de nuestras posibilidades reales. 

 

En cuanto a los daños financieros, podemos mencionar que al agotarse la línea de crédito realizando compras no planificadas, las cuales luego no pueden ser canceladas, se inicia un círculo vicioso que puede llegar a acabar con la disponibilidad de efectivo realizando solo pagos mínimos, creándose una dependencia de la tarjeta para cubrir gastos o necesidades básicas. Muchas veces esta dependencia se agrava y la persona se ve forzada a adquirir préstamos o más tarjetas.  

La persona toca fondo cuando ya no puede cumplir con tantas cuentas y cae en morosidad, luego en demandas, poniendo en riesgo su empleo y/o sus bienes. 

En cuanto a lo emocional, las consecuencias pueden ser igualmente serias: desde estrés, ansiedad e insomnio, hasta depresión e incluso suicidio. Las relaciones familiares y sociales también se ven afectadas, ya que la persona se aísla porque siente vergüenza  culpa.  Esta situación a veces también puede estar acompañada de abusos de sustancias, trastornos alimenticios, juego compulsivo u otros desequilibrios. 

BUSCAR AYUDA 

Con solo reprochar o reprocharse no se soluciona nada. Es necesario buscar ayuda profesional tanto en lo financiero como en lo psicológico. A nivel emocional, la persona probablemente necesite replantearse profundamente tanto sus hábitos como sus criterios, buscando sanar las causas que le llevaron a una situación que afecta tan negativamente su calidad de vida presente y futura. 

Así mismo, necesita dimensionar el tamaño de su deuda o déficit, estudiar qué posibilidades tiene para encontrar soluciones o, por lo menos, minimizar daños.  

Cuanto antes se recurra a esta ayuda, más posibilidades habrán de superar el problema. 

PREVENCIÓN 

Por más que existan oportunidades de solución, la mejor cura es siempre la prevención. Tener y mantener los “pies en la tierra”, cuidar del orden en los gastos del día a día teniendo en cuenta las prioridades, proyectar metas y sueños que nos realicen como personas más allá de lo meramente material, son solo algunas  maneras de vivir en ese justo equilibrio entre el disfrute del hoy y la tranquilidad del mañana. 

EDUCACIÓN 

Estoy convencida que la educación financiera es parte tanto de la prevención como de una cura definitiva, algo que necesitamos todos como sociedad. Hoy en día contás con muchas opciones para aprender a manejar tus finanzas, desde libros, videos, cursos y más. De vos depende elegir, lo importante es que no te dejes estar. 

USO CORRECTO 

Felizmente no es imposible llegar a manejar correctamente esta herramienta, pues basta con manejar algunos conceptos claves: 

  • Fecha de cierre 
  • Fecha de vencimiento 
  • Saldo financiado 
  • Interés 

Para terminar te dejo esta pregunta: ¿querés una vida realmente maravillosa o preferís una vida fantástica pero falsa? Una vez más, vos elegís. 

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